miércoles, 21 de marzo de 2018

LA OPCIÓN SOCIALISTA MERECE UN ESFUERZO COHESIONADOR

Y es que esto no puede seguir así. No puede ser que la rivalidad latente no sea enterrada cuando esta España nuestra está pidiendo a gritos una opción seria, consistente, comprometida, capaz de afrontar los problemas de la mayoría y dar soluciones desde el esfuerzo colectivo como país. Y tú puedes ser la clave. Esa responsabilidad debiera ser suficiente para producir un acuerdo interno, de tal fuerza cohesionadora, que signifique un proyecto factible, ilusionante, para cuyo planteamiento y desarrollo no nos falta talento y experiencia cuanto nos sobra inquina y egoísta ambición. Ya está bien de espectáculos. 

Nos acercamos a un ciclo electoral de enorme importancia e interés. Por primera vez en muchos años, la derecha ya no se presenta en una sola formación aglutinadora. Lo que tantas veces ha jugado en contra de la izquierda representada por diferentes siglas, ahora afecta también a las opciones conservadoras. Eso tiene varias consecuencias. Una primera, fácilmente identificable, que otorga, por lógica, más chance a un cambio de orientación política. Una segunda, que señala de manera ineludible la necesidad de pactos pos electorales, habida cuenta de que la mayoría absoluta, hoy por hoy, parece objetivo inalcanzable para cualquier partido.

Esas condiciones, entre otras, hace que sea exigible (debiera serlo en el fondo) que las discrepancias, los debates, los puntos de vista diferenciados en el socialismo (que lo enriquecen, qué duda cabe) se canalicen mediante los correspondientes procedimientos (que están articulados), y que, una vez dirimidos, den paso a un esfuerzo conjunto en el que no caben zancadillas ni, mucho menos, traiciones.

Nadie pide uniformidad, pero el respeto a los procedimientos es fundamental. Y eso toca, aquí y allá. Hemos dejado atrás un proceso de diálogo intenso, a ratos vehemente. Ya acabó, hasta la próxima. Entretanto, defiéndanse los propios postulados en las formas y en los canales adecuados, pero la unidad debe estar garantizada tras los preceptos y programas aprobados. Aquí y allá. Necesitamos que el socialismo gane, aquí y allá, y lo haga no para mayor gloria de nadie, sino para la mejor defensa de los derechos e intereses de la mayoría de la población.

Ya lo cantaba Luis Pastor:

https://www.youtube.com/watch?v=o7TnMCi5A-k

domingo, 25 de febrero de 2018

¡BONITO LIBERALISMO, SEÑOR VARGAS LLOSA!

En entrevista que hoy publica el diario liberal "El País", el Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, defiende el liberalismo como sinónimo de democracia tal como la entendemos en el mundo occidental. Reniega de ideologías que llama "tribales", en referencia a su carácter grupal (tal como él lo entiende, como defensa de un grupo frente a otros). Por contra, afirma defender la libertad, el individualismo, el rechazo del colectivismo.

Reivindica, para mí en un ejercicio de eso que se ha dado en llamar "posverdad", la figura de Margaret Thacher y de Ronald Reagan, de quienes destaca su contribución a la cultura de la libertad.

El gran problema para los liberales, como se define Vargas Llosa, se parece bastante al que las religiones basadas en la creencia en un hacedor y juez supremo tienen con el mal. No son capaces de explicarlo, tal y como el liberalismo no puede hacerlo con la desigualdad.

La desigualdad contradice esa libertad (individualista) que el Liberalismo afirma defender como baluarte supremo. No puede existir libertad si no se dan las condiciones para elegir.

Para las élites intelectuales es fácil apuntarse a ese carro. En él viajan cómodos. Con una premisa esencial. Estoy aquí, porque me lo merezco, por un enorme esfuerzo personal sumado a mis cualidades básicas. El que no llega hasta aquí, no digamos la que no llega hasta aquí, es porque no se esfuerza suficiente, porque no pone de su parte.

El ser humano es gregario. No sobrevive solo. La construcción social es la que ha permitido los enormes avances logrados. Esa construcción es dialéctica y se fundamenta en la constante confrontación de intereses que, lejos de ser individuales, competen a colectivos diferenciados. 

Con desigualdad no hay libertad. Esa idea paradigmática es obviada por el liberalismo. Para ello, proyecta una idealizada libertad individual sobre la que no parecen existir más condicionantes que el esfuerzo (también podríamos llamarlo ambición). 

El error ha estado en plantear la opción por una u otra, como excluyentes. Es decir, promuevo la aparente libertad, ocultando que, en realidad, unos son más "libres" que otros. O bien tiendo a la igualdad que, en la práctica se ha traducido en la uniformidad bajo la opresión de unos pocos desiguales.

La respuesta que defiendo, el socialismo democrático, solventa esa falsa disyuntiva trabajando por un progreso hacia el equilibrio, haciendo personas más libres eliminando no las diferencias, que son enriquecedoras, sino las desigualdades, que condenan a la ausencia de libertad a una enorme cantidad de gente oprimida. 



viernes, 23 de febrero de 2018

CONTRAMEDIDAS

No soy precisamente lo que pueda llamarse un fan de las películas de submarinos -aunque el Seaview forme parte de mi imaginario-, pero no dejo de reconocer que algunas escenas siempre me han impactado. Una de las más frecuentes, con el añadido atractivo de representar momentos de enorme tensión, es aquella en que el un buque enemigo lanza torpedos que se dirigen hacia los protagonistas de forma aparentemente ineludible. Cuando todo parece perdido, llega la orden del comandante: ¡lancen contramedidas!. Y los torpedos, engañados, cambian su rumbo dirigiéndose hacia el señuelo.

Valga todo ello para otorgar el rango de Comandante de Submarino al Presidente del PP, Mariano Rajoy. Un experto en contramedidas. Que la corrupción atosiga ese partido de derechas, ¡lancen contramedidas! Y allá van, en forma de prisión permanente revisable, o de intento de modificar la enseñanza del castellano en Cataluña, o de vana polémica sobre crisis gubernamentales a cuenta del movimiento De Guindos. O se retiran unos cuadros en Arco...  Que todo lo anterior falla, saquemos a la palestra la absolutamente decisiva llamada Puigdemont (lo del intento de detención de Joaquín Reyes es una jugada maestra).

Y he aquí que  los profesionales de la información (supongo que algunos con contramedidas añadidas) y, por ende, el público en general, olvidan las escandalosas declaraciones de los "arrepentidos" de las diversas tramas de financiación ilegal (cuando menos, supuestamente) del Partido Popular, un tema ya manido, para correr en pos de esas engañifas que se han lanzado como quien tira confetis.

Y funciona el invento. Vaya que si funciona. Y nos ponemos a discutir como posesos sobre eso de mantener a alguien en prisión de por vida, obviando la finalidad constitucional de las penas de cárcel, al calor de un más que justificado deseo de venganza de quienes han sufrido pérdidas dolorosísimas, ignominiosas; o entramos en el trapo del debate sobre la enseñanza de la lengua castellana en Cataluña, generador de un ruido tal que oculta cualquier otro mensaje. Mientras en cualquier país de Europa con un estándar democrático medio, semejante escándalo (el de la corrupción), habría significado un rosario de dimisiones, comenzando por el propio Presidente, aquí nos distraemos y pasa desapercibido un asunto que debiera condicionar la propia conformación de nuestras instituciones, por algo tan elemental como la decencia.

¡Comandante Rajoy! Experto submarinista de las cloacas, especialista en contramedidas, o sea, en engaños. Y nosotros, en la inopia. Como diría cualquier pepero trasnochado, dabuten.




sábado, 3 de febrero de 2018

LA SOCIEDAD PORNOGRÁFICA

No se me asusten, tampoco se me decepcionen. No, esta entrada no va de sexo. Y no se trata de pacatería, sino de interés en este momento (no descartemos nada). ¿Qué es eso de Sociedad Pornográfica? Intento explicarme.

Hace unos días vi el capítulo piloto de una serie de televisión (Inteligencia Colectiva). Con seguridad, no pasaré de ahí. Con todo, el argumento da que pensar. Un padre dueño de empresas tecnológicas cuya joven hija es asesinada, desconfiado de la resolución del caso, con un compañero de ella entre rejas, condenado, crea una aplicación informática que permite conectar a millones de usuarios y usuarias en una red de búsqueda de pruebas sobre ese asesinato en concreto (modelo que después sería aplicable a cualquier otro caso). La tesis básica, de ahí el título, es que millones de ojos, millones de cerebros dedicados a la resolución de un enigma, tarde o temprano, lo solucionarán. Hasta ahí, uno podría decir, es una buena idea de ciencia ficción. 

Ocurre, sin embargo, que conforme avanza el argumento, comenzamos a ver imágenes que nos resultan extraordinariamente familiares. Esas personas, con sus smartphones, fotografiando, grabando, compartiendo, por millones, en todos los lugares del planeta (en unos más que en otros). Que se produce un atentado, o un accidente, o una pelea callejera, o la represión de una manifestación, pues hay centenares de cámaras cubriendo el hecho, cuando no transmitiéndolo en tiempo real.

En principio, ese acceso a la información gracias a la existencia de esos millones de terminales, atentas a cuanto ocurre a su alrededor, podría parecernos algo muy positivo. Podemos imaginar cuántos efectos beneficiosos tiene, ciertamente, la capacidad tecnológica de comunicar casi sin límites. Pero hay uno, perverso, que está causando un daño terrible. 

Veamos. No se transmite la normalidad. Eso no interesa. Se exhibe lo impactante, lo espectacular, también lo morboso. Se proyecta, así una imagen distorsionada de la realidad. Distorsión que se retroalimenta y puede llegar a convertirse en generadora de modelos. Ese es el gran riesgo de la Sociedad Pornográfica. Como en el sexo - donde la pornografía retrata una forma de practicarlo que no necesariamente tiene que ver (generalmente está muy alejado) con lo común (pongamos como ejemplo esa inexistencia de amor, de ternura, que forma parte esencial de la relación sexual) -, esa visión de la realidad humana, ese mosaico que se quiere muestrario, es en realidad una deformación. Y extraordinariamente peligrosa, añado. 


sábado, 20 de enero de 2018

¿QUEDAN SOCIALISTAS POR AHÍ?

Esta de última eso de afirmar que nadie reparte carnés de socialista. Suelen decirlo aquellos y aquellas que, con una praxis liberal, mantienen de boquilla un discurso social. Les disgusta enormemente ser señalados. Lejos de otras capacidades, repiten la cantinela como si estuvieran utilizando un argumento aristotélico. El problema para quienes eso hacen es que, al final, es la práctica política la que te sitúa. Lo quieras o no, seas señalado o no.

Si vemos esa práctica política, sensu stricto, podemos afirmar con rotundidad, sin miedo a confundirnos que socialistas pocos, pocas. Señalaré para demostrarlo solo algunos síntomas suficientemente definitorios.

1) Un verdadero internacionalismo (pieza clave de la concepción socialista) no permitiría que la gente muriera por miles intentando huir de la miseria para alcanzar esta parte privilegiada del planeta, ni que murieran en origen victimas de hambrunas, de epidemias, de guerras. Un verdadero socialismo no pondría vallas con cuchillas afiladas (¿qué es eso de concertinas?) pensadas para herir a quienes intenten saltarla. Dejémonos llevar por la sinceridad. Nada de todo eso es socialista. ¿Y hacemos algo? ¡Ah, sí! ¡Muchas declaraciones altisonantes! Algunas de ellas en inglés: Wellcome refugees.

2) Un verdadero socialismo no consentiría proyectar como un éxito económico aquel escenario en que los parámetros del capitalismo financiero, de la derecha, son los que lo definen. Crecimiento macro económico, cifras de exportaciones, incremento del número de turistas que nos visitan año tras año de manera creciente (gracias, en parte, a factores conocidos), hasta desembocar en malabarismos con las cifras de paro que esconden, en realidad, el cambio de paradigma. Rotura de la igualdad, precariedad, bajada real de salarios. El éxito de un proyecto político socialista se mide justo en lo contrario, en la capacidad para igualar las condiciones de vida de la ciudadanía reduciendo brechas que hoy por hoy van haciéndose cada vez mayores, cada vez más vergonzantes.

3) Un verdadero socialismo combatiría la histórica afrenta hacia las mujeres con total determinación práctica. Lejos de hermosos discursos reproducidos una y otra vez, lejos de campañas publicitarias que muchas veces parecen hechas con otro fin. No permitiría en su seno la existencia de depredadores que usan el poder institucional como herramienta para forzar voluntades: in our house, too.

4) El socialismo auténtico no sacrificaría su ideología en pos del respaldo electoral sin más. ¡Claro que hay que ganar las elecciones! Pero cuando se ganan, se hace socialismo. No se olvida la ideología para concentrarse solo en cómo se gana otra vez. Ganar para cambiar, si. Hacerlo para perpetuarse en el poder es una aberración.

5) El socialismo de verdad no asiste, impávido, al descuelgue de la gente más castigada, la más pobre, la más desfavorecida. No deja dormir a la gente en la calle, ni pedir limosna. No hace de la caridad su forma de actuar. Convierte en una prioridad garantizar la dignidad a toda persona. El verdadero socialismo no consentiría asentamientos en condiciones infrahumanas, mirando para otro lado.

MEA CULPA (también, obviamente)



jueves, 23 de noviembre de 2017

CLÁNICOS, TRIBALES, NACIONALISTAS

Con la especie humana, la naturaleza puso en juego una nueva herramienta de evolución. La lenta selección, los mecanismos de ensayo error, y tantas otras estrategias para el cambio, venían a ser complementadas con la cultura, esa capacidad de transmitir, de construir permanentemente, de cambiar.  Cierto que es una herramienta imperfecta, capaz de producir avances y retrocesos. Pero lo novedoso, lo que tiene de diferente, es la relativa inmediatez en el cambio. Gracias a ella, la especie humana ha conseguido lo que ninguna otra; romper, sin que ello conlleve una transformación fisiológica, las limitaciones naturales. No tenemos alas, pero podemos desplazarnos de un punto a otro del planeta por el aire. No tenemos aletas, ni respiramos por branquias, pero podemos atravesar los mares, tanto por superficie, como bajo ella. Mientras el resto de seres vivos del planeta reproduce, con lentas modificaciones estrategias, modos, conductas, los humanos como seres culturales, o sea, como seres lingüísticos, incorporan los cambios a un conjunto que es algo más que una mera amalgama. La construcción cultural  en lugar de una mera suma sobre lo existente, es una depuración constante, más semejante a un organismo vivo en permanente cambio.

Esa cultura -ese bagaje y esa capacidad- nos ha otorgado la posibilidad de modificar la manera en que los llamados comportamientos naturales se mantienen o cambian. En la mayoría de seres vivos, que no tienen un medio sofisticado de traslación de experiencias cual es el lenguaje, los avances individuales no se extienden al conjunto de la especie. En el ser humano sí, y no solo entre coetáneos, sino que, gracias a la expresión escrita del lenguaje, también entre generaciones diferentes, separadas por lapsos de tiempo que pueden llegar a milenios.

También el modo de organización, desde lo clánico, pasando por  lo tribal y hasta formas complejas de estado, la sociedad se ha estructurado desde el núcleo primigenio, básico, hacia modelos de mayor interacción. Hasta ahora, esa evolución parecía responder a un patrón de ruptura de límites, hacia una dimensión cada vez mayor del grupo. No faltan quienes,a la luz de la facilidad de comunicación global actual, plantee que el territorio planeta habría de ser la unidad política adecuada.

Frente a esa dinámica colaborativa, que puede ayudar a extender el bienestar a zonas hoy depauperadas, dado que el primer escalón para la eliminación de las desigualdades es la conciencia de su existencia (y hoy, todo se ve), hay grupos que pretenden, desde una concepción egoísta, un repliegue. Escucho los intentos de explicar su postura (aunque me suenan siempre muy hipócritas), pero sinceramente no me entero. Igual si volviéramos a lo gutural.




jueves, 5 de octubre de 2017

LA INDEPENDENCIA COMO BÁLSAMO DE FIERABRÁS

Claro que estoy preocupado. Y en doble sentido además. Preocupado por la inutilidad de los dirigentes políticos teóricamente responsables del devenir del conflicto (hablemos claro) abierto entre la dirigencia de la Generalitat y la del Gobierno Central. Preocupado por las consecuencias, inmediatas y mediatas, de una declaración unilateral de independencia de Cataluña, hasta hace poco casi una quimera, hoy un riesgo real. 

Rajoy y su equipo, Puigdemont y el suyo, incapaces de encontrar una salida razonable a un proceso que no puede acabar con la independencia real de Cataluña, pero que está abriendo una brecha dentro de la propia ciudadanía catalana, y otra entre buena parte de esa ciudadanía y la mayoría de la del resto de España, han ido enrocándose en sus respectivas posiciones y produciendo monólogos, más que paralelos, divergentes.

Sigo pensando que el germen de la situación actual está en el compartido interés inicial (en un momento histórico concreto) de las derechas nacionalistas (centralista una, centrífuga la otra) que representaban entonces el propio Rajoy y el que fuera President, Artur Mas, por proyectar una tensión que a ambos les proporcionaba réditos electorales en sus respectivos territorios necesarios. Eso queda ya lejos. El equilibrio hace tiempo que saltó por los aires.

¿Qué hacer en este momento? ¿Es posible reconducir esta trayectoria que parece llevar a la declaración anunciada y la consecuente represión por parte del aparato del Estado? Que no es fácil ya lo sabemos. Pero lo que nadie puede negar es que es necesario y, en verdad, la única salida real, factible. O hay acuerdo o lo hay porque Cataluña no va a ser independiente por esta vía ilegal y carente de toda legitimidad democrática, ni el Gobierno Central puede mantener una situación de tensión indefinida controlada con la acción judicial y policial. Por tanto, antes o después, el acuerdo se tiene que producir y los actores políticos (por más que mediocres), lo saben. 

Ocurre, con todo, que armarse para ese ineludible horizonte de acuerdo, adquirir fuerza frente al otro para arrancar más y mejores conquistas, está sometiendo al conjunto de la sociedad, a la ciudadanía, a una tensión de tal magnitud que, más allá de la posibilidad de un incidente irreversible en cualquier momento, está generando una dificultad objetiva creciente para el acuerdo.

Alguien tiene que preguntar entonces cuál es el límite. ¿O es que hemos olvidado ya que estas dinámicas pueden conducir a un enfrentamiento armado? Nadie va a verbalizar siquiera que tal posibilidad exista, al tiempo parece que algunos estuvieran empeñados en llegar hasta esa orilla. ¡Basta! Ya hay suficientes elementos de presión en el tablero como para que acabe el gallear, por el bien de todas y de todos.